Una noche en una posada


11 Rova, 4722 AR

[...] la guerra terminará algún día. Y ese día, querremos venganza, justicia y reparación histórica, por nuestros hermanos y hermanas... 

    El lugar estaba tan concurrido como en cualquier otra noche y, como de costumbre, nadie reparaba en su presencia. El diario se interrumpía en ese punto. Era la última página escrita en ese viejo tomo encuadernado amarillento. Las demás páginas estaban vacías, quemadas o cortadas. Vornen dejó el volumen sobre la mesa, dio una pitada en su pipa de tabaco de la región y se reclinó sobre el respaldar de la silla.

    —Esto no va a terminar bien —dijo para sí en una voz prácticamente inaudible—. Ya veo que la muerte y la desgracia persiguen a los elfos a donde sea que vayan, no sólo en Beleriand...

    El bullicio del lugar generaba una especie de ruido blanco de fondo que contribuía aún más a su nivel de abstracción y ensimismamiento. A pesar de no entender del todo cómo había llegado a estas tierras extrañas, no podía dejar de sentir empatía por aquellos elfos, criaturas análogas de alguna manera a las de su propio mundo y, sin embargo, diferentes. Todavía le costaba trabajo recordar parte de los últimos acontecimientos, en especial lo referido a su llegada a Ílimar (había aprendido por el tabernero local que ese era el nombre de estas tierras). Ahora mismo se encontraba específicamente en la Posada del Orco Ebrio, en la pequeña ciudad amurallada de Meine, bajo el dominio de la Casa Angus. Aaren Angus regenteaba la ciudad y sus alrededores junto con sus hijos, Táival y Lírien. La esposa de Angus, Mildred, había fallecido unos años atrás. Por lo que pudo observar y escuchar en su corta estadía hasta el momento, Meine y toda la región  estaban insertos en una especie de sistema feudal, y esta pequeña ciudad debía lealtad y obediencia a la gigante Áris, varios kilómetros más el norte de allí. Meine tenía un pequeño pueblo satélite pesquero hacia el oeste, en las costas del Mar Circundante, cuya producción, junto con la agricultura en segundo lugar y la ganadería en tercero, conformaban el principal sustento económico de la región. 

    —¿Se le ofrece algo más? —exclamó un hombre corpulento, alto y calvo de pie al otro lado de la mesa de Vornen, apoyándose con un brazo sobre la madera redonda—. Si mal no recuerdo aún no ha probado la especialidad de la casa. Y no lo tome a mal, pero no podría permitirme dejarlo marchar sin que lo haga.

    Vornen se quedó mirando al hombre unos segundos mientras salía de su ensimismamiento y terminaba de escuchar todas las palabras. Exhaló un aro de humo por la boca hacia un costado.

    —Recuerda bien... —se quedó mirando al hombre extendiendo la palma de la mano hacia arriba en un ademán de cortesía.

    —Iván, mi nombre es Iván Sarcoff, dueño y regente de este antro —contestó el hombre con una sonrisa dando a entender el sarcasmo de su adjetivación, claramente orgulloso de su negocio—. A su servicio señor...

    —Vornen Sinde. Puede llamarme simplemente Vornen —contestó el elfo con una leve reverencia, casi imperceptible—. ¿Y de qué se trata esa especialidad?

    —La llamamos Sangre de Orco, porque es amarga, fuerte y caliente. Un licor como no ha probado nunca en su joven vida, estoy seguro —dijo el hombre observando a Vornen y estimando su edad por su aspecto. 

    —En ese caso, he de probarla entonces —Vornen dudó por un instante si decirle o no que su joven vida ya contaba con varios centenares de años en su haber.

    El hombre extendió su sonrisa aún más y se retiró dando media vuelta en el lugar. Al volver, casi tan rápido como se fue, dejó una gran jarra de madera lustrada sobre la mesa. En su interior había un líquido oscuro y brillante, de una consistencia similar a la de la miel, pero mucho menos espesa.

    —¡A su salud! —exclamó Iván, sin perder nunca su sonrisa—. Por cierto, ¿le hablé ya de los héroes locales, la Orden del Dragón?

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