La escolta de la caravana mercante

 

(imagen caravana mercante)

26 Rova, 4720 AR

    Aquella era una noche estrellada, de esas que te obligan a levantar la cabeza y contemplar. Una bóveda celeste que inevitablemente te hace pensar en lo fútil y pasajero de la existencia propia y en lo banal de las desventuras humanas. Esas que al mismo tiempo te inundan aún de más ganas de vivir, explorar, reír, amar, llorar y recorrer todos los intersticios de la pasión, el arte y los afectos.

    De repente y sin pensarlo, lo efímero define a lo bello.


    La caravana avanzaba a paso lento pero firme por el sendero entre la arboleda circundante, camino al sur. Había partido de la ciudad de Áris con destino al pequeño pueblo de Meine, que era apenas una plaza fuerte rodeada de granjas y establos. Desde hace varias generaciones atrás era el lugar ancestral de la familia Angus, que se establecieron como señores feudales de la región, proporcionando la esperada protección militar a cambio del tributo de la tierra por parte de los granjeros y demás trabajadores en la zona. Por estos días, Aaren Angus regenteaba las tierras con justicia y benevolencia, al menos más de la que se podía esperar de un noble humano después del genocidio y la conquista de los territorios élficos. Si bien muchos años habían pasado ya de esos fatídicos hechos, era aún motivo de acaloradas discusiones entre humanos y elfos (y entre algunas otras razas que tomaban partido o que se vieron perjudicadas directamente por el conflicto). 

    El rechinar de las ruedas de los carromatos, el relincho de los caballos, un coro de grillos y alguna tos eventual eran lo único que se escuchaba esa noche. Régulus se mantenía sentado y erguido sobre el primer carromato al lado del conductor del carruaje. El paladín de Iomedae no mostraba signo alguno de cansancio o hastío por el largo viaje. La luz de las estrellas lejanas y las tenues antorchas que acompañaban la caravana se reflejaban en su brillante armadura: una cota de malla con un juego completo de placas plateadas con ribetes dorados y blancos. Del lado izquierdo de su cinturón colgaba Nimrodel, su espada larga (arma predilecta de su deidad) y reliquia familiar.

    En el segundo carromato,  unos metros atrás, el conductor hacía su mejor esfuerzo por mantener la vista en el camino que tenía por delante y no mirar a su acompañante, sentado apenas a unos pocos centímetros a su lado. Se trataba de Dohko, un semiorco oriundo de la ciudad de Naica, bárbaro de profesión. Hijo de un hombre y una semiorca, Dohko se crió viviendo por toda Ílimar, desde las Estepas Doradas en el extremo este, hasta las ciudades de hombres de Rego, Léir y la misma Naica. Ahora el destino (y sus decisiones) lo habían llevado al noroeste del continente, del otro lado de La Cola del Dragón, la gran cordillera divisoria. Era un corpulento humanoide de unos dos metros y diecinueve centímetros de altura, de tez grisácea, cabello largo recogido en rastas y unos caninos protuberantes que asomaban por debajo de su labio inferior. 

    —Tranquilo hombrecito, no voy a comerte —dijo con su voz ronca y una media sonrisa, sin sacar los ojos del camino—. Después de todo nos pagan por protegerlos, y esas monedas extra me vendrían muy bien ahora.

    Si el hombre se había relajado tras esas palabras, no era posible distinguirlo. Seguía tan tieso como antes, con la mirada perdida al frente. Se limitó a tragar saliva e intentar arriar a los caballos, acción que terminó en una suerte de movimiento espasmódico de sus manos y brazos que apenas si logró ondear un poco las riendas. Los caballos no se inmutaron y siguieron al mismo paso que antes. Dohko llevaba un espadón sobre sus piernas y un hacha de batalla en la espalda, sujetada con una correa de cuero. Recordando el propósito de su viaje, comenzó a mirar a ambos lados de la caravana conforme avanzaban por el sendero en la noche estrellada.

    Finalmente, en la parte trasera del tercer y último carromato, iba sentado Haldir, un elfo hechicero de piel pálida y cabellos blancos, proveniente del gran bosque septentrional de Kainen, en el centro de la Cordillera del Dragón. Tenía ojos y oídos agudos, incluso para los de su raza. En algunas partes de su piel, sobre todo los brazos, hombros y cuellos, podían distinguirse unas pequeñas escamas de un color gris verdoso apilándose aquí y allá unas sobre otras. Haldir no se molestaba en esconder demasiado su linaje dracónico, del que estaba abstante orgulloso.

   "Ya no debe faltar mucho para llegar a Meine" —pensó mientras jugueteaba con una vara de madera tallada con runas arcanas que tenía en las manos. Cada tanto miraba a ambos lados y hacia atrás de la caravana, tratando de distinguir posibles amenazas entre los árboles que se cerraban a ambos lados en esta parte del trayecto. Hacia la izquierda de la compañía y al este, se encontraba el bosque de Meine, renombrado así luego de que la familia Angus se asentara en la zona. Ya nadie recordaba el antiguo nombre del bosque, si es que alguna vez lo tuvo.

    —¿Cómo vas Dohko? ¿Todo en orden por ahí? —dijo Haldir levantando la voz en un susurro lo más alto posible para que el semiorco lo escuchara—. Espero que no te hayas olvidado de nuestra pequeña apuesta. Cuento con eso.

  —¡Ah sí, la apuesta! —exclamó Dohko menos preocupado que el elfo por el volumen de su voz—. No, no la he olvidado. Y tampoco hay novedades por aquí, solo árboles y piedras y camino, y más árboles y más piedras. Y el silencio de Régulus, que insiste en no conversar.

  —¿Apuesta? ¿Qué apuesta? —preguntó el conductor del tercer carromato—. ¿Puedo participar?

  —Antes de partir unos hombres en el mercado de Áris nos apostaron que no podíamos llegar a Meine manteniendo con vida a uno de los miembros de la misma. Un tal Gregsson creo, o algo así. Creo que es el dueño de las mayoría de bienes que llevamos aquí —dijo Haldir, sin darle demasiada importancia al asunto.

  —¡Gregsson soy yo! —chilló el hombre al lado de Dohko, abriendo los ojos redondos como dos platos.

  —Ah... bueno, entonces no te separes de mí —, contestó el bárbaro mientras palmeaba la espalda del hombre, casi tirándolo del carromato.

  Nada de apuestas, Dohko —llegó la voz de Régulus desde adelante de la caravana—, mucho menos si se trata de vidas humanas.

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