Zekeh

- He  aquí  la  Verdad de  Zekeh al’Torag, Servidor del  Gran Martillo, Luz  bajo la  montaña  -

-------------------------------------

Que  la  fragua  de  TORAG  resplandezca  con vigor.  

Que  su justicia  sea  el  fuelle  que  ilumine  mis  palabras.  

Que  el  fulgor de  su martillo forje  mi  relato.  

Ese  es  el  poder de  su luz.  

Y esta  es  mi  verdad: 


Sabed que  nací  Zekeh al’Harsk, único hijo de  Harsk al’Kudrug y  Yangrit  aleth’Grunyar, que las  bóvedas  interiores  de  la  gran ciudad enana  de  Ut  fue  donde  crecí, y que  tanto mi  nombre como mi  hogar me  han sido arrebatados. Si  he  muerto, ha  sido porque  no estaba  escrito en el  yunque  de  Torag, padre  del  mundo, que llegara  a  cumplir con mi  redención.  Y  si  habéis  encontrado estos  documentos  en mi  cuerpo sin vida  haced un último favor a  un enano, y enviadlos  a  Ut. Que  mi  exilio no signifique  mi olvido, que  aunque  sea  solo a  esta  parte  de  mí  le  sea  permitida  el  regreso.  


Tras  mucho tiempo he  aprendido a  apreciar las  estrellas, las  nubes  y la  lluvia.  Años  fuera  de las  montañas  labradas  de  mi  ciudad me  han hecho comprender por qué  los  grandes  portales de  Ut  y  Kuh-zal  miran al  cielo, y amplias  ciudadelas  se  han construido a  su alrededor. Definitivamente  el  celeste  exterior no está  libre  de  belleza, no. Pero es  dentro donde pertenezco y me  forjé  en mi  juventud, recorriendo los  esculpidos  salones  de  Kha´thrum, cimiento de  ciudades, los  mercados  dorados  de  Dusdra’Ek  y los  cristalinos  bosques  de amatistas  en  Cerketh;  oyendo el  murmullo de  los  grandes  lagos  interiores, y el  incansable rugir de  nuestras  fraguas  que  no paran de  crear y todo lo embellecen. Muchos  extranjeros  no logran comprender el  abrazo de  la  montaña  y lo confunden con oscuridad. Pero en cuanto a mí, dadme  el  reflejo metálico de  las  vetas  que  revisten mi  hogar y el  calor del  corazón del mundo, bajo la  Casa  de  Harsk.  


Harsk, mi  padre  y la  causa  de  mi  exilio.  A  pesar de  no haber pronunciado nunca  una plegaria, de  su cuello siempre  colgaba  un medallón de  Abadar, puño dorado, dios  de  las riquezas  y los  mercaderes. Es  un importante  comerciante  en la  ciudad, y él  mismo se apresuraría  en decir que  es  el  “más”  importante. Preguntad en Ut  por Harsk al’Kudrug, las probabilidades  son que  no tengáis  que  esperar mucho hasta  encontrar con alguien que  lo conozca. Claro está  que  crecí  en la  riqueza, y que  el  llamado del  oro nunca  ha  dejado de susurrar dulces  canciones  en mis  oídos. De  esto Harsk podría  estar orgulloso, pero no es  lo que  ha  decidido. 


Como único heredero de  la  Casa  de  Harsk mi  destino siempre  fue  mantener su gloria  y su prestigio. Sin embargo la  juventud y las  riquezas  promueven los  excesos, y por mucho tiempo tuve  ambas  de  sobra. Mi  padre  era  un enano severo, pero estaba  siempre  en caravanas, moviendo sus  mercancías  entre  las  ciudades  interiores.  Yangrit, mi  madre  hacía lo mejor que  podía  para  mantenerme  a  raya, y yo era  muy bueno ocultando a  discreción mis peores  hazañas. O  quizás  no, quizás  prefería  amarme  sin reparos.  Acariciando mis  cabellos rojos  solía  decirme  resignada:  “Deja  al  fuego de  la  forja  con sus  chispas  y centellas, que  de él  salen las  mejores  herramientas”.  

Mi  padre  decidió empezar a  llevarme  en sus  caravanas  tras  un particular accidente  del  cual no es  preciso entrar en demasiados  detalles. Baste  decir que  involucró veintiséis  botellas  de Grog, una  estatua, un burdel, un altar destruido, la  princesa  de  Reth´la  y un burro de  carga;  y que  terminó en la  reconstrucción parcial  de  la  parte  norte  del  campanario de  Kha´thrum,  un escándalo diplomático, por lo menos  catorce  barbas  chamuscadas, y la  muerte  del  burro. El resultado fue  insobornable  y mi  padre  no apartó su ojo de  mí  por años. 


Viajando con él  conocí  el  mundo bajo el  mundo  y sus  riquezas, y vi  a  mi  padre  mover montañas  y voluntades, sus  influencias  eran parte  vital  de  su fortuna, y comprendí  que  un comerciante  vale  tanto como su palabra  y su habilidad con la  misma. Que  conocer gente  y conocer  a  la  gente  era  lo que  más  importaba.  Aprendí  que  los  caminos  pueden ser peligrosos  y los  matones  no siempre  son suficientes. Que  el  hacha  y el  martillo conviene  siempre tenerlos  cerca  porque  otras  criaturas  habitan nuestras  montañas  y dicen llamarlas  hogar, aunque  no las  respetan como tal. Por un tiempo fui  lo que  Harsk quería  que  sea, y su orgullo era  mi  amuleto. No fue  un camino sencillo, pero le  serví  de  herramienta, aprendí  su oficio, y volví  a  ganar su confianza. Disfrutaba  de  esa  vida  y entendía  que  estaba  cumpliendo mi destino. El  respeto comenzaba  a  sentirse  normal, el  de  mi  padre  y el  de  toda  la  ciudad en donde  mi  anterior imagen pública  comenzaba  a  reemplazarse  por la  de  un digno heredero de mi  Casa.  Al’Harsk… Hijo de  Harsk. Llevaría  ese  nombre  con la  fuerza  del  legendario  Kaglemros,  el  Gran Martillo, forjador de  todas  las  armas, y de  su golpe  ensordecedor, los años  moldearían un nuevo nombre  para  la  Casa. El  mío.  Y  mis  herederos  llevarían con altivez  su condición de  Al’Zekeh hasta  la  más  alta  de  las  bóvedas  que  adornan la  roca  de nuestro cielo. 


A veces  pienso que  si  no hubiéramos  viajado nunca  a  Thradgoig, todo aquello podría  haber sucedido. Pero viajamos, y en  Thradgoig no solo esperaban grandes  oportunidades  de comercio, también esperaba  Ezren… de  quién por congoja  y por pudor no mencionaré demasiado ¡Luz  de  Torag! 


Sabed solamente  que  el  viaje  lo hice  sin mi  padre, quien hacia  tiempo ya  confiaba  en mí para  encargarme  de  caravanas  por mi  cuenta  y expandir su alcance. Sabed que  su objetivo era  una  beneficiosa  alianza  con Ezren, un joven comerciante  que  estaba  haciéndose  un nombre  por sí  mismo sin pertenecer a  ninguna  de  las  Siete  Casas  de  Dusdra’Ek.  Y  sabed también… que  jamás  el  fuelle  que  alimenta  el  corazón de  este  enano había  soplado con tanta fuerza  como cuando lo conocí, bajo el  destello de  los  muros  incrustados  con diamantes  de Thradgoig. 


Ezren… barba  dorada, luz  de  las  antorchas. Cuán breve  parece  el  tiempo en qué  llenamos como acero fundido el  molde  de  nuestras  vidas. El  éxito de  nuestras  caravanas, las  proezas en  Dusdra,  el  reconocimiento y la  envidia  de  nuestros  pares, las  batallas  con orcos  y bandidos  en los  oscuros  caminos  de  regreso, donde  no temía  por mi  vida  porque  sabía  que estabas  a  mi  lado. Cuán breve  y cuánto hicimos  sin embrago.  Y  aún… cuánto podríamos haber hecho. 


Nunca  supe  quién habló con mi  padre. Quién llevó insidiosos  prejuicios  de  viejos  códigos que  se  desempolvan solo cuando la  voluntad es  el  odio. Quién asistió el  golpe  que  apagó el calor de  tu forja… Con él  se  fue  parte  del  mío y quedaron apenas  brasas. Mi  destino hubiera sido el  mismo, y creo que  Harsk así  lo hubiera  preferido. Pues  no solo estaba  mancillada  mi alma, sino que  en sus  palabras, también lo estaba  mi  honor y el  de  mi  casa. Despojado de  mi nombre, y con la  única  ayuda  de  mi  madre  abandoné  las  profundidades  hasta  el  Gran Portal de  Ut. El  descubierto exterior me  enceguecía  en su vastedad. No era  más  que  un vacío. Un vacío eterno y doloroso que  solo era  equiparable  con el  que  yo sentía  por dentro.  


No se  cuánto tiempo pasé  en las  calles  de  Ut, ni  como terminé  en el  Templo de  Torag que ilumina  las  almas  de  sus  ciudadanos. La  Madre  Yofrah aleth’Torag alimentó mi  cuerpo y también mi  alma, y en cuanto pude  ponerme  en pie  me  asignó turnos  en la  enorme  fragua que  se  encuentra  en el  centro del  patio circular del  templo. El  mismo hecho de  fundir y golpear en un acto de  creación es  una  plegaria  para  Torag. El  esfuerzo, el  calor y el  sudor son su templo. El  trabajo ocupa  la  mente. La  tarea  agota  los  músculos.  Y  con tiempo y devoción el  metal  fundido logra  entrar al  cuerpo, soldando con paciencia  un alma destrozada.  


Torag forjó al  mundo,  Kaglemros  fue  su instrumento. El  golpe  del  Gran Martillo tanto puede destruir como moldear, aquello solo depende  de  la  condición del  material. El  material  era Zekeh al´Harsk, y cuando ardía  al  rojo vivo y resplandecía  en las  manos  del  Gran Padre, estuve  listo para  ser forjado de  nuevo. Su golpe  me  asestó poder, y a  través  suyo pude  obrar milagros. En sus  anaqueles  colocó una  nueva  herramienta. Zekeh al’Torag era  su nombre. 

Comentarios