Zekeh
- He aquí la Verdad de Zekeh al’Torag, Servidor del Gran Martillo, Luz bajo la montaña -
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Que la fragua de TORAG resplandezca con vigor.
Que su justicia sea el fuelle que ilumine mis palabras.
Que el fulgor de su martillo forje mi relato.
Ese es el poder de su luz.
Y esta es mi verdad:
Sabed que nací Zekeh al’Harsk, único hijo de Harsk al’Kudrug y Yangrit aleth’Grunyar, que las bóvedas interiores de la gran ciudad enana de Ut fue donde crecí, y que tanto mi nombre como mi hogar me han sido arrebatados. Si he muerto, ha sido porque no estaba escrito en el yunque de Torag, padre del mundo, que llegara a cumplir con mi redención. Y si habéis encontrado estos documentos en mi cuerpo sin vida haced un último favor a un enano, y enviadlos a Ut. Que mi exilio no signifique mi olvido, que aunque sea solo a esta parte de mí le sea permitida el regreso.
Tras mucho tiempo he aprendido a apreciar las estrellas, las nubes y la lluvia. Años fuera de las montañas labradas de mi ciudad me han hecho comprender por qué los grandes portales de Ut y Kuh-zal miran al cielo, y amplias ciudadelas se han construido a su alrededor. Definitivamente el celeste exterior no está libre de belleza, no. Pero es dentro donde pertenezco y me forjé en mi juventud, recorriendo los esculpidos salones de Kha´thrum, cimiento de ciudades, los mercados dorados de Dusdra’Ek y los cristalinos bosques de amatistas en Cerketh; oyendo el murmullo de los grandes lagos interiores, y el incansable rugir de nuestras fraguas que no paran de crear y todo lo embellecen. Muchos extranjeros no logran comprender el abrazo de la montaña y lo confunden con oscuridad. Pero en cuanto a mí, dadme el reflejo metálico de las vetas que revisten mi hogar y el calor del corazón del mundo, bajo la Casa de Harsk.
Harsk, mi padre y la causa de mi exilio. A pesar de no haber pronunciado nunca una plegaria, de su cuello siempre colgaba un medallón de Abadar, puño dorado, dios de las riquezas y los mercaderes. Es un importante comerciante en la ciudad, y él mismo se apresuraría en decir que es el “más” importante. Preguntad en Ut por Harsk al’Kudrug, las probabilidades son que no tengáis que esperar mucho hasta encontrar con alguien que lo conozca. Claro está que crecí en la riqueza, y que el llamado del oro nunca ha dejado de susurrar dulces canciones en mis oídos. De esto Harsk podría estar orgulloso, pero no es lo que ha decidido.
Como único heredero de la Casa de Harsk mi destino siempre fue mantener su gloria y su prestigio. Sin embargo la juventud y las riquezas promueven los excesos, y por mucho tiempo tuve ambas de sobra. Mi padre era un enano severo, pero estaba siempre en caravanas, moviendo sus mercancías entre las ciudades interiores. Yangrit, mi madre hacía lo mejor que podía para mantenerme a raya, y yo era muy bueno ocultando a discreción mis peores hazañas. O quizás no, quizás prefería amarme sin reparos. Acariciando mis cabellos rojos solía decirme resignada: “Deja al fuego de la forja con sus chispas y centellas, que de él salen las mejores herramientas”.
Mi padre decidió empezar a llevarme en sus caravanas tras un particular accidente del cual no es preciso entrar en demasiados detalles. Baste decir que involucró veintiséis botellas de Grog, una estatua, un burdel, un altar destruido, la princesa de Reth´la y un burro de carga; y que terminó en la reconstrucción parcial de la parte norte del campanario de Kha´thrum, un escándalo diplomático, por lo menos catorce barbas chamuscadas, y la muerte del burro. El resultado fue insobornable y mi padre no apartó su ojo de mí por años.
Viajando con él conocí el mundo bajo el mundo y sus riquezas, y vi a mi padre mover montañas y voluntades, sus influencias eran parte vital de su fortuna, y comprendí que un comerciante vale tanto como su palabra y su habilidad con la misma. Que conocer gente y conocer a la gente era lo que más importaba. Aprendí que los caminos pueden ser peligrosos y los matones no siempre son suficientes. Que el hacha y el martillo conviene siempre tenerlos cerca porque otras criaturas habitan nuestras montañas y dicen llamarlas hogar, aunque no las respetan como tal. Por un tiempo fui lo que Harsk quería que sea, y su orgullo era mi amuleto. No fue un camino sencillo, pero le serví de herramienta, aprendí su oficio, y volví a ganar su confianza. Disfrutaba de esa vida y entendía que estaba cumpliendo mi destino. El respeto comenzaba a sentirse normal, el de mi padre y el de toda la ciudad en donde mi anterior imagen pública comenzaba a reemplazarse por la de un digno heredero de mi Casa. Al’Harsk… Hijo de Harsk. Llevaría ese nombre con la fuerza del legendario Kaglemros, el Gran Martillo, forjador de todas las armas, y de su golpe ensordecedor, los años moldearían un nuevo nombre para la Casa. El mío. Y mis herederos llevarían con altivez su condición de Al’Zekeh hasta la más alta de las bóvedas que adornan la roca de nuestro cielo.
A veces pienso que si no hubiéramos viajado nunca a Thradgoig, todo aquello podría haber sucedido. Pero viajamos, y en Thradgoig no solo esperaban grandes oportunidades de comercio, también esperaba Ezren… de quién por congoja y por pudor no mencionaré demasiado ¡Luz de Torag!
Sabed solamente que el viaje lo hice sin mi padre, quien hacia tiempo ya confiaba en mí para encargarme de caravanas por mi cuenta y expandir su alcance. Sabed que su objetivo era una beneficiosa alianza con Ezren, un joven comerciante que estaba haciéndose un nombre por sí mismo sin pertenecer a ninguna de las Siete Casas de Dusdra’Ek. Y sabed también… que jamás el fuelle que alimenta el corazón de este enano había soplado con tanta fuerza como cuando lo conocí, bajo el destello de los muros incrustados con diamantes de Thradgoig.
Ezren… barba dorada, luz de las antorchas. Cuán breve parece el tiempo en qué llenamos como acero fundido el molde de nuestras vidas. El éxito de nuestras caravanas, las proezas en Dusdra, el reconocimiento y la envidia de nuestros pares, las batallas con orcos y bandidos en los oscuros caminos de regreso, donde no temía por mi vida porque sabía que estabas a mi lado. Cuán breve y cuánto hicimos sin embrago. Y aún… cuánto podríamos haber hecho.
Nunca supe quién habló con mi padre. Quién llevó insidiosos prejuicios de viejos códigos que se desempolvan solo cuando la voluntad es el odio. Quién asistió el golpe que apagó el calor de tu forja… Con él se fue parte del mío y quedaron apenas brasas. Mi destino hubiera sido el mismo, y creo que Harsk así lo hubiera preferido. Pues no solo estaba mancillada mi alma, sino que en sus palabras, también lo estaba mi honor y el de mi casa. Despojado de mi nombre, y con la única ayuda de mi madre abandoné las profundidades hasta el Gran Portal de Ut. El descubierto exterior me enceguecía en su vastedad. No era más que un vacío. Un vacío eterno y doloroso que solo era equiparable con el que yo sentía por dentro.
No se cuánto tiempo pasé en las calles de Ut, ni como terminé en el Templo de Torag que ilumina las almas de sus ciudadanos. La Madre Yofrah aleth’Torag alimentó mi cuerpo y también mi alma, y en cuanto pude ponerme en pie me asignó turnos en la enorme fragua que se encuentra en el centro del patio circular del templo. El mismo hecho de fundir y golpear en un acto de creación es una plegaria para Torag. El esfuerzo, el calor y el sudor son su templo. El trabajo ocupa la mente. La tarea agota los músculos. Y con tiempo y devoción el metal fundido logra entrar al cuerpo, soldando con paciencia un alma destrozada.
Torag forjó al mundo, Kaglemros fue su instrumento. El golpe del Gran Martillo tanto puede destruir como moldear, aquello solo depende de la condición del material. El material era Zekeh al´Harsk, y cuando ardía al rojo vivo y resplandecía en las manos del Gran Padre, estuve listo para ser forjado de nuevo. Su golpe me asestó poder, y a través suyo pude obrar milagros. En sus anaqueles colocó una nueva herramienta. Zekeh al’Torag era su nombre.

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